Esta noche es Pascua, la verdadera Pascua de Jesús. La fiesta de diciembre es su Natividad. Hoy es su paso de la muerte a la vida, su triunfo sobre todo odio y pecado, porque Él vive glorioso y la muerte no ha tenido dominio sobre Él. Y esto es una buena noticia también para nosotros, porque no caminamos solos ni en la oscuridad, sino que el Señor llena con su luz nuestra existencia, está con nosotros todos los días, hasta el fin de la historia. Por eso: ¡Feliz Pascua!
Feliz Pascua, porque Jesús no es solo un buen personaje del pasado, un maestro que nos dejó una hermosa enseñanza, sino que Él vive lleno de vitalidad sobrenatural y es capaz de intervenir misteriosamente en nuestras vidas con su gracia y con su amor.
Feliz Pascua, porque los sacramentos no son ritos meramente humanos, sino acción salvadora de Jesucristo en medio nuestro; la Eucaristía no es una comida cualquiera, sino alimento de vida para el camino; la oración no es un encuentro con nosotros mismos, sino diálogo de amor con quien sabemos nos ama; la historia no es solo oscuridad y pecado, sino espacio donde el Resucitado suscita brotes de vida y de amor.
Feliz Pascua, porque especialmente en la misión no estamos solos, y en el anuncio y el testimonio del Evangelio no nos falta su ayuda. A veces nos desalentamos ante las dificultades o los pocos frutos, pero debemos alegrarnos de trabajar en la viña del Señor y ser colaboradores de su obra, sabiendo que es Él quien va sembrando su semilla en medio del mundo.
Mirado desde una perspectiva puramente humana, el proyecto de Jesús fue un fracaso, al terminar en la muerte y con sus discípulos dispersos, presos del miedo y la decepción. Pero la resurrección nos muestra que su propuesta y su lucha no terminaron en la nada, sino que el grano de trigo cayó en tierra y fue fecundo. Así también sucede en nosotros: ninguno de los trabajos realizados con amor, ni ninguna preocupación sincera por los demás, se pierde infecunda. El camino de Jesús es el que lleva a la vida, tiene sentido seguirlo y entregarse como Él.
Por eso, feliz Pascua especialmente para los pobres y los que sufren, porque Jesús se entregó por ellos, les manifestó la cercanía, el perdón y el consuelo de Dios, quien ama a todos sus hijos y no quiere que ninguno quede excluido de la mesa común del pan y la dignidad. Esta fue la causa de Jesús, y si el Padre lo resucitó de entre los muertos, es porque esa causa era justa, y el amor que Él mostró era el verdadero y eterno amor de Dios. Por eso tenemos la certeza de que nada nos separa (no lo hizo ni siquiera la muerte) del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.
Por último, feliz Pascua, porque la muerte ya no es la última palabra para el ser humano, sino que la resurrección de Jesús afecta el futuro de nuestra existencia, al regalarnos la esperanza de la vida eterna. “Algo le ha pasado a mi muerte futura con la resurrección de Jesucristo”, escribe Esteban Gumucio. “Mi cuerpo ya es del Señor. Mis miembros vivos son del Resucitado desde mi bautismo. La muerte no puede arrebatarme: estoy en las manos de la Vida, para siempre, en la misma fuente de la Vida”.
+Sergio Pérez de Arce A.
Arzobispo de Concepción