La madrugada del lunes de Pascua, mientras escuchábamos los primeros anuncios de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, recibimos la noticia del fallecimiento del Papa Francisco. Tras largos días de hospitalización y convalecencia en su residencia, partió al encuentro del Señor Resucitado. Sus últimos días fueron una hermosa síntesis de su manera de seguir a Jesucristo: fue al encuentro del Pueblo de Dios peregrino en la Basílica de San Pedro, asistió a una cárcel de Roma el Jueves Santo y, con gran esfuerzo, impartió la bendición Urbi et Orbi durante el Domingo de Resurrección, saludando a los fieles que participaban en la Misa.
Durante esta semana, hemos sido testigos de innumerables muestras de gratitud, afecto y reconocimiento hacia la vida del Papa y el ministerio que compartió con la Iglesia y el mundo en sus doce años de pontificado. Fue el primer Papa latinoamericano, el primero en tomar el nombre de Francisco y también el primer Papa proveniente de la Compañía de Jesús. Llegó a la misión como Obispo de Roma con toda una tradición familiar, eclesial y cultural que puso al servicio de la Iglesia universal.
En estos primeros días de su Pascua, es difícil resumir su vida y obra. No obstante, al conocer la noticia de su partida el lunes de madrugada, vino a la memoria la imagen de su última bendición y el recuerdo de la primera. En aquella ocasión, al iniciar su ministerio, apareció en el balcón central de la Basílica de San Pedro con mucha sencillez; sus palabras, llenas de esperanza, fueron una invitación a emprender un camino juntos, de fraternidad, amor y confianza. Antes de impartir la bendición como nuevo Sumo Pontífice, pidió al Pueblo de Dios que orara por él.
El primer texto magisterial que escribió íntegramente fue la exhortación apostólica Evangelii Gaudium (La alegría del Evangelio), publicada el 24 de noviembre de 2013, en la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. En este documento, el Papa hizo un llamado a una profunda conversión pastoral y misionera de toda la Iglesia. En el capítulo segundo, exponiendo la crisis del compromiso comunitario, dejó una verdadera letanía que puede transformarse en una luminosa orientación para este nuevo tiempo y que podemos hacer el ejercicio de escuchar de sus propios labios, como tantas veces lo hizo:
Bernardo Álvarez T.
Obispo Auxiliar de Concepción