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Grandes cambios en la familia chilena

Son impresionantes los cambios en la familia en los últimos 30 años. Si nos fijamos en los cambios demográficos, los hogares son más pequeños: si en 1990 una familia tenía como promedio 4 integrantes, en 2022 ese promedio es apenas de 2,8 integrantes por hogar, estimándose que un 30% de parejas, casadas o convivientes, han decidido no tener hijos. Por otra parte, casi la mitad de los hogares cuentan con un solo progenitor: si en 1990 los hogares monoparentales alcanzaban un 27,9% del total, hoy esa cifra llega al 47,4%.

Otro dato importante es la alta presencia de personas mayores entre nosotros. Chile tiene el nivel más alto de esperanza de vida en América Latina y el Caribe, con un promedio de 79,5 años. Esto ha hecho que el segmento de población mayor de 65 años haya pasado del 6% al 13% del total de la población entre 1990 y 2022, mientras se ha reducido la población en los segmentos infantil y juvenil.

También es un rasgo demográfico relevante el aumento de personas inmigrantes que viven entre nosotros, llegando a representar ya casi el 9% de la población total. Esto significa que no solo hay un número importante de extranjeros en nuestros barrios, trabajos y escuelas, sino que empieza a ser más habitual encontrar familias interculturales, nacidas de la unión de chilenos con personas de otras nacionalidades.

Junto a estos cambios demográficos, hay otras múltiples transformaciones culturales que influyen en la familia. Los matrimonios se han mantenido en alrededor de 60.000 anuales en los últimos 30 años, pero sabemos que son muchas más las parejas que conviven sin una relación legalizada que las que han formalizado su relación mediante el matrimonio o un acuerdo de unión civil. Asimismo, es alto el número de divorcios, entre 40.000 y 50.000 cada año, mientras que el carácter provisorio con que se viven muchas relaciones es un rasgo de nuestra cultura.

Podríamos agregar a este elenco de cambios la inserción extendida de la mujer en el mundo laboral; las transformaciones en los modos de comunicación; una comprensión de la libertad que no favorece los vínculos, lo que nos centra más en lo propio y menos en lo común; los conflictos sociales y violencias, que alteran la vida familiar y repercuten en su convivencia; y un largo etcétera.

Ante esta realidad amplia y compleja, con sus luces y sombras, no podemos hablar desde la Iglesia teóricamente, sin tener en cuenta la situación concreta de las diversas familias. Quizás el mayor peligro de la realidad actual es que las personas terminen menos apoyadas en su vida por una “estructura” familiar y, por tanto, vayan quedando más solas. Por eso, la principal misión es proponer el camino del amor como un vínculo estable con los demás, que nos libera de una concepción del afecto en mera clave narcisista. En este contexto, sigue siendo fundamental proponer el matrimonio como camino de amor y compromiso o, al menos, la importancia de relaciones familiares que permanezcan en el tiempo. También es esencial pedir al Estado la promoción de políticas que favorezcan a la familia y no solo al individuo. Y no olvidar el llamado a abrirse a la presencia de Dios, pues su ausencia en nuestra vida nos deja más solos en nuestras dificultades y luchas.

Mons. Sergio Pérez de Arce Arriagada SS.CC.
Arzobispo de Concepción

Publicado el: 21 Septiembre, 2024
© Arzobispado de Concepción