Este jueves 8 de mayo fuimos testigos de un momento trascendental para nuestra Iglesia: la elección de un nuevo Papa. En la segunda jornada del cónclave, a las 18:07, hora de Roma, y 12:07, hora de Chile, la fumata blanca emergió del techo de la Capilla Sixtina, anunciando al sucesor número 267 del Apóstol Pedro en la historia de la Iglesia. Más allá de las interpretaciones que este acontecimiento ha suscitado durante estos días, los bautizados vemos reflejado, una vez más, el cumplimiento de las palabras de Jesús sobre Pedro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mt 16,18).
La emoción era palpable en la Plaza de San Pedro, colmada de fieles que aguardaban con gran expectación. La alegría por la fumata blanca se intensificó aún más con el anuncio del cardenal protodiácono Dominique Mamberti: el nuevo Papa es el cardenal Robert Francis Prevost OSA, quien ha elegido el nombre de León XIV para su pontificado. La imagen del Pontífice acercándose al balcón de la Basílica de San Pedro, su sencillez y la calidez de la multitud que lo recibía, expresaban la profundidad de este acontecimiento: la fidelidad de Dios y la constante asistencia de su Espíritu a la Iglesia. En esos primeros instantes, al contemplar el rostro y la emoción del nuevo Papa, resonaban en el corazón de muchos las palabras que Jesús dirigió a Pedro al iniciar su pasión: “Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc 22,32).
“¡La paz esté con ustedes!” fueron las palabras iniciales del nuevo sucesor de Pedro al dirigirse a los fieles en San Pedro y al mundo entero. Con este saludo del Resucitado, León XIV expresó su esperanza de que la paz toque el corazón de nuestro mundo que tanto la necesita: que alcance a las familias, a cada persona, a todos los pueblos y a toda la tierra. Subrayó que esta paz no es impuesta ni forzada, sino humilde y perseverante, una paz desarmada y desarmante.
El Papa, en su saludo, nos invita a construir una Iglesia misionera, abierta al diálogo y a la acogida, una Iglesia sinodal que extiende sus brazos como la Plaza de San Pedro, especialmente hacia quienes más sufren. Nos anima a trabajar unidos, sin miedo, como constructores de puentes, confiando siempre en la providencia de Dios.
+Bernardo Álvarez T.
Obispo Auxiliar de Concepción