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La Inmaculada Concepción en el cerro de la Virgen

Hemos vivido una nueva celebración de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Nuestro país y la Iglesia en el mundo se alegran por esta hermosa fiesta de la Virgen. Esta celebración, que se manifiesta con tanto cariño y devoción, ha marcado generaciones desde la proclamación del dogma por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854. Esta fecha tan significativa cumplió 170 años este domingo.

No podemos dejar de mencionar, además, que el 8 de diciembre se celebra la fiesta patronal de nuestra Arquidiócesis de la Santísima Concepción y también de la capital de nuestra región, la ciudad de Concepción, fundada por Pedro de Valdivia el 5 de octubre de 1550 como “Concepción Inmaculada de la Madre de Dios y Señora Nuestra” (Crónica del Reino de Chile).

Nuestra Iglesia y ciudad de Concepción se alegran por la celebración de su fiesta patronal, que cada año se expresa con gran fervor en la tradicional peregrinación hasta el cerro de la Virgen. La multitud de fieles que peregrina cada 8 de diciembre reconoce a la Virgen Inmaculada como Madre de Jesús, Madre nuestra y gran intercesora frente a tantas necesidades que afligen sus corazones. Esta peregrinación es un testimonio de la historia de la fe que ha arraigado en Concepción y en tantos santuarios marianos de Chile.

Acogiendo esta historia del cerro de la Virgen, podemos apreciar tres ámbitos o valores importantes para reflexionar en estos días y que pueden ser un aporte a la sociedad en tiempos de crisis:

1. El reconocimiento de la persona de la Virgen María, mujer llamada por Dios para ser partícipe de su plan de salvación, amor y misericordia. María es Madre del Hijo de Dios, concebida sin mancha de pecado original, que con su testimonio de fe y disponibilidad se transforma en signo de la nueva humanidad.

2. La espiritualidad popular que la Virgen ha despertado a lo largo y ancho de nuestro territorio, y su presencia maternal en nuestra historia. Esta espiritualidad se refleja en las diversas expresiones religiosas presentes tanto en las grandes ciudades como en los pequeños poblados. Tradiciones que se transmiten de generación en generación y que han formado identidad y cultura.

3. Por último, el necesario cultivo de la memoria histórica, que nos ayuda a reconocernos como miembros de una comunidad que posee un tejido común expresado en la fe, la religiosidad, los signos, las tradiciones y las costumbres. Estas trascienden al individuo, a las modas, a los intereses particulares, al inmediatismo y al utilitarismo. Pueden ayudar al espíritu humano a reconocer su vocación más genuina y verdadera, aquella que plenifica y da sentido a la existencia. ¡Celebremos a la Virgen Inmaculada!

Mons. Bernardo Álvarez Tapia
Obispo Auxiliar de Concepción

Publicado el: 9 Diciembre, 2024
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