En cada Navidad volvemos a contemplar la infinita bondad y misericordia de Dios, que envía su Hijo al mundo para darnos vida y conducirnos por caminos de salvación. “Se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres” (Tit 3, 4), leemos en la segunda lectura de la Misa de Nochebuena. Y esto se manifiesta de la forma más inesperada y sorprendente: en la humildad de la carne, en la sencillez de un niño pobre nacido en un pesebre. Es el Dios tierno y compasivo, tan alejado de nuestras imágenes y concepciones del poder divino.
Esta misma vulnerabilidad de Dios que se nos manifiesta en el misterio de la encarnación, nos invita a volver la mirada a los vulnerables y marginados de hoy, llamándonos a un cambio. Porque en nuestro mundo sigue habiendo tantos hermanos y hermanas que no encuentran una posada entre nosotros, que no encuentran un lugar digno para nacer, crecer y desarrollarse.
Pensemos, por ejemplo, en quienes viven hoy en zonas de guerra y conflicto: Gaza, Siria, Líbano, Ucrania, Haití, etc. Lo que significa crecer y desarrollarse en esos lugares, donde la vida está amenazada, falta el alimento, muchos tienen que desplazarse, no se puede educar con normalidad. Literalmente, son hermanos nuestros que no tienen una posada segura en nuestro mundo, viven expuestos a inseguridades y carencias.
Pensemos también en realidades complejas que hay entre nosotros, en Chile, donde un número importante de ciudadanos vive en campamentos, donde hay miles de inmigrantes irregulares a quienes el Estado casi no les abre caminos de regularización, donde hay miles de niños y jóvenes que crecen en ambientes dominados por el narcotráfico, donde existe el submundo de la delincuencia que no conoce en la práctica la reinserción social, etc. También son realidades donde hermanos nuestros no han encontrado el bienestar y la dignidad a la que todos tenemos derecho, y donde se vive y se crece en los márgenes.
Pensemos en nuestros propios egoísmos, indiferencias, individualismos y agresividades que nos enredan en nuestras relaciones humanas, en la convivencia social, hasta en nuestras propias familias y comunidades, obstaculizando la vivencia de una humanidad más fraterna y reconciliada.
Desde estas realidades Dios nos grita y nos ofrece una vez más su amor salvador, para que nos abramos a caminos de paz y de comunión: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama”. ¿Cómo puedo contribuir a que más hermanos encuentren una posada digna para desarrollarse en nuestro mundo?
Pero Dios nos habla también al corazón, en nuestra experiencia espiritual, para que nos sintamos una vez más visitados por su gracia y llamados a vivir como hijos. La Navidad nos hace experimentar la cercanía de Dios, que ha vivido todo lo nuestro, nos conoce y, conociéndonos, nos ama entrañablemente. Es la fiesta del Dios-con-nosotros. ¡Cómo no estar alegres y sorprendidos de esta proximidad de Dios! Nuestra respuesta de conversión no puede ser otra que caminar en comunión con Él, como hijos e hijas, agradecidos y confiados. ¿Cómo puedo hacer de mi corazón una auténtica posada donde la vida de Dios sea acogida de verdad?
Que María Santísima, que meditaba todas las cosas en su corazón, nos ayude a abrirnos a la gracia de la Navidad y convertir nuestros caminos de vida.
Mons. Sergio Pérez de Arce SS.CC.
Arzobispo de Concepción