Llegamos a diciembre, último mes del año calendario, con sus frenéticos movimientos, múltiples demandas y procesos de cierre. Dentro de estos diversos ritmos se produce una “cierta paradoja”, porque la Iglesia nos invita a iniciar un nuevo año litúrgico con el Adviento. Comenzamos el recorrido de los misterios de Dios con un tiempo que nos abre a grandes dones que provienen de su infinita bondad: la esperanza, el consuelo y la alegría por la salvación. Todo esto se manifiesta en la persona de Cristo, el Hijo de Dios, que ha venido en la historia —Adviento nos prepara para celebrar la Navidad—; esperamos también a Cristo que vendrá al final de los tiempos —nos prepara para la parusía—, y reconocemos a Cristo presente en lo cotidiano, que “viene ahora a nuestro encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y para que demos testimonio por el amor, de la espera dichosa de su Reino” (Prefacio de Adviento II).
En esta segunda semana de Adviento, el calendario litúrgico nos invita a detenernos en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, que celebraremos el próximo lunes 8 de diciembre. Esta solemnidad dedicada a la Madre de Jesús no es un paréntesis en la preparación del Adviento; por el contrario, se convierte en un signo concreto del camino de salvación que Dios ha dispuesto para su pueblo, especialmente para los humildes y sencillos de corazón. La esperanza cristiana difiere radicalmente de un optimismo ingenuo o superficial: consiste en la certeza de que Dios actúa en la historia para redimirnos, transformando realidades y convocando libertades.
El Adviento, iluminado por la Inmaculada Concepción, nos llama a un gran desafío como creyentes. Ante un mundo tantas veces oscurecido por sombras que alimentan la desconfianza, la incertidumbre y la desesperanza, los cristianos estamos llamados a ser cultivadores y artesanos de la esperanza, como lo fue María Santísima. El corazón sin mancha de la Virgen nos alienta y nos muestra un camino espiritual permanente: una mirada de fe que reconoce la intervención de Dios en la historia; un oído interior que escucha y acoge la Palabra de vida; manos y pies que se movilizan para compartir la alegría de la presencia del Salvador, especialmente en medio de los pobres, los enfermos, los ancianos, los niños, los jóvenes, los migrantes y los descartados del mundo de hoy.
+Bernardo Álvarez T.
Obispo Auxiliar de Concepción