El 18 de agosto de 1952 murió el padre jesuita Alberto Hurtado. Murió joven, a los 51 años. Sin embargo tuvo una vida sin igual. El año 2005 lo canonizaron. Pasó a ser nombrado como San Alberto Hurtado. El 18 de agosto en Chile, para recordarlo es el día de la solidaridad. ¿Por qué? Porque el p. Hurtado entregó su vida a Dios y a los demás de manera admirable. La lectura de los evangelios y la oración lo llevó al sacerdocio y la hondura espiritual que recogió de San Ignacio de Loyola lo hizo salir de sí mismo y dedicarse de lleno a los demás. Esa entrega se manifestó en muchos ámbitos, como por ejemplo los múltiples retiros espirituales que predicó, su gran interés por la justicia social y su cercanía con el movimiento obrero, el haber fundado la revista Mensaje, que hasta hoy sigue sus pasos, hasta sacar adelante el magnífico Hogar de Cristo.
San Alberto Hurtado era un hombre de profunda oración y por ello nada de lo que aconteciera en el mundo le era indiferente. Su acción estaba marcada por la pregunta ¿qué haría Cristo en mi lugar?
El santo chileno es admirado en muchas partes del mundo, pero hoy, más que ser admirado ha de ser imitado. Seguir sus pasos es un camino excelso para seguir los pasos de Cristo y transformar el mundo. Hoy necesitamos su inspiración más que nunca y su intercesión. Él fue un hombre que siempre buscaba el bien, en ciertos sectores de la sociedad muy incomprendido. Sin embargo tenía claro que el testimonio de estar con el necesitado más que hablar del necesitado era hacer la voluntad de Dios.
Y él quería aquello: hacer la voluntad de Dios, la que no se puede llevar a cabo mirando a Cristo en el que más lo necesite. El p. Hurtado fue un hombre profundamente feliz. Y lo fue porque su vida fue una constante entrega hacia los demás. Hagamos todo el año un 18 de agosto y descubriremos que hay más alegría en dar que en recibir, en pensar más en los demás que en uno mismo y en experimentar que el mejor pan es el compartido.
Es muy hermoso que cientos de calles, parroquias, capillas, colegios y una universidad lleven su nombre. Está grabado a fuego en la vida de los chilenos. Ello nos debe llenar de orgullo, pero sobre todo de un compromiso firme de trabajar por la justicia social, por una sociedad más equitativa y más fraterna. La pregunta ¿qué haría Cristo en mi lugar?, está más vigente que nunca y exige de nosotros una respuesta hoy y todos los días.
+Fernando Chomali G.
Arzobispo de Concepción