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Sembrar esperanza entre los pueblos


El domingo recién pasado, la Iglesia Católica celebró la XCIX Jornada Mundial por las Misiones. Es una oportunidad para reflexionar, orar y comprometerse con la vocación misionera; es decir, para volver a escuchar las últimas palabras de Jesús antes de volver al Padre: “Vayan y hagan discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado. Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20).

El lema y el mensaje para la Jornada de este año fueron elegidos por el Papa Francisco: “Misioneros de esperanza entre los pueblos”. Lo dejó preparado a inicios de este año; podemos pensar que es un lema y mensaje póstumo que expresa con nitidez uno de los énfasis o legados más preciados de su pontificado: “una Iglesia misionera”, una “Iglesia en salida”. El Papa exige a cada discípulo de Jesús dejar de ser espectador pasivo de la realidad o de los males del tiempo actual, para convertirse en “artesano” y “constructor” de la esperanza.

La premisa del mensaje es clara: la misión de la Iglesia, y de cada bautizado, es prolongar la obra de Cristo, el “divino Misionero de la esperanza”. Esta no es una misión estática, sino un llamado a seguir sus huellas; un camino que exige ofrecer la vida por la humanidad en medio de las gentes. Si Cristo se inclinó para derramar “el aceite del consuelo y el vino de la esperanza” sobre las heridas de los afligidos, los cristianos deben hacer lo mismo, incluso con sus propias imperfecciones o tribulaciones.

El diagnóstico del mensaje ilumina y llama la atención sobre el mal que provoca la pobreza y la persecución en sectores de misión ad gentes, pero no deja de ayudarnos a reconocer que existe una grave “crisis de lo humano” en países más desarrollados, o también en los llamados en vías de desarrollo. Los síntomas son claros: sensación generalizada de desorientación, soledad, abandono de los ancianos y una alarmante “decadencia de la proximidad”. Estamos continuamente interconectados tecnológicamente, pero no estamos en relación.

La esperanza que el cristiano debe llevar no puede ser solo inmanente, sino también trascendente y escatológica: es salvación que comienza en la vida presente y que luego se consuma en la eternidad. Así, la vocación misionera de las comunidades se transforma en “signo de nueva humanidad”. La pregunta es cómo hacer germinar la esperanza en medio del mundo que nos toca vivir. La respuesta es con el método de Dios: con cercanía, compasión y ternura, poniendo especial atención a los márgenes de la sociedad, en medio de los pobres y débiles, enfermos, ancianos y quienes experimentan todo tipo de exclusión. En medio de estos hermanos, el misionero también aprende a vivir con esperanza.

Finalmente, para ser artesanos de esperanza se requiere una renovación interna, renovar la espiritualidad pascual. Esto significa que, viviendo el encuentro con el Resucitado, podemos ser “gente de primavera”. Animémonos en la oración, que es la primera acción misionera y la primera fuerza de la esperanza.

Mons. Bernardo Álvarez T. 
Obispo Auxiliar de Concepción 

Publicado el: 25 Octubre, 2025
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