Violencia y responsabilidad personal

Vivimos en una sociedad marcada por la violencia. Hay actos tales que sobrepasan toda imaginación.  Se está dando en todos los estamentos de la sociedad. Sus causas son múltiples. Han sido, son y seguirán siendo motivo de estudio. Sus consecuencias a todo nivel son graves a nivel personal, familiar y social.

He percibido que las actitudes frente a la violencia son muy diversas.

Algunos se encierran cada vez más. Así, enrejan sus casas, electrifican sus paredes, toman seguros de toda índole, alarmas por doquier y, algunos, incluso se arman. Detrás de esa actitud está la idea que nada va a cambiar y sólo cabe defenderse a como dé lugar.  Hemos sido testigos de linchamientos que han llevado hasta la muerte a personas inocentes. Esta práctica además de ser ilegal es inmoral debido a que no responde a la lógica de la legítima defensa sino que se enmarca, más bien, en la lógica de la venganza.

Otros niegan la existencia de estos hechos, viven como si no pasara nada, lo minimizan, hasta que les toca a ellos, claro está. Allí comienzan a reflexionar sobre el tema.

Los últimos se hacen preguntas del tipo: ¿de qué manera con mis pensamientos, palabras, acciones u omisiones he contribuido directa o indirectamente a que mi ciudad, mi barrio, mi casa sea como es y no mejor? ¿qué puedo hacer frente a la violencia? ¿de qué manera puedo contribuir a que haya más paz, más armonía y fraternidad?

Es cierto que nadie, por sí solo, puede cambiar el mundo en lo que a la violencia se refiere. Son muchas las circunstancias inmediatas, próximas y remotas que convergen en una persona para que actúe con violencia, y que claramente nos sobrepasan a nivel individual. Pero ello no nos debe inmovilizar dado que cada uno de nosotros, siempre y en todo lugar, está la posibilidad de ser pacífico, buscar la justicia y actuar fraternalmente e irradiarlo en las personas que nos rodean.

En mi opinión, esa es la llave maestra para terminar con el flagelo de la violencia: actuar con los demás como quiero que actúen conmigo y las personas que quiero. Será la suma de personas que viven pacíficamente y trabajan por la paz lo que llevará a la consolidación de una sociedad pacífica y libre de violencia.

Soy un convencido que una familia, una comunidad, un lugar de trabajo, un país justo y en paz es fruto de personas justas y pacíficas. Ello implica reconocer una responsabilidad intransferible e indelegable de cada uno de nosotros en esta materia, dado que no hay nada más personal que el mérito y la culpa.

Es una ilusión pretender una sociedad menos violenta, si cada uno de nosotros no hacemos un examen de conciencia muy riguroso, respecto de nosotros mismos. Una sociedad libre de violencia no se logra por decreto ni con más policías en las calles.

Quienes tienen una responsabilidad fundamental en esto son los padres de familia, puesto que son los primeros educadores y, por lo tanto, son los primeros responsables del modo de comportarse de sus hijos, sobre todo lo que dice relación al respeto por el otro. Si no se aprende en la casa no se aprenderá en ninguna parte. Los seres humanos replicamos fuera del hogar lo que hemos vivido en su interior.

Este respecto hacia el otro sólo será posibles si cada uno descubre su propia dignidad, vislumbre un sentido para sus vidas y la comprenda como un gran regalo y se reconozca como un ser para los demás. Ese proceso educativo llevado a cabo no sólo con la palabra sino que con el ejemplo, a los jóvenes les resulta muy convincente. Es fundamental en la vida, sobre todo en los primeros años de la vida, tener una profunda experiencia de sentirse amado y respetado. Solemos repetir las experiencias que vivimos en la infancia, para bien o para mal.

La experiencia de Dios como creador y lleno de misericordia, así como la experiencia se sentirse amado por Él y capaz de amar como Él es factor indispensable y fundamental en los creyentes. Tengo la impresión que detrás de cada acto de violencia hay un grito desesperado de petición de ayuda, de apoyo, de cercanía, en definitiva de amor.

En estos tiempos aciagos que vivimos vale la pena preguntarse: ¿sabe en qué está su hijo?, ¿dónde anda?, ¿qué piensa de su propia vida?, ¿cuándo fue la última vez que le dijo que lo quería? ¿La relación con su hijo es meramente funcional o llega al núcleo de la persona y sus inquietudes más profundas? Piense seriamente al respecto y lo más probable es que se lleve una sorpresa.

Percibo que desde la experiencia de sentirnos amados podemos comprender nuestra existencia y la de los demás como un regalo que tenemos que respetar, cuidar y promover en su dignidad.

De esta forma de comprendernos se podrá aspirar a una sociedad más fraterna, es decir a medida de la altísima dignidad del ser humano, de todo ser humano.

+Fernando Chomali G.
Arzobispo de Concepción, Chile
Gran Canciller de la Universidad Católica de la Santísima Concepción

Publicado el: 4 abril, 2022